La inteligencia artificial sabe lo que desearás antes de que lo sientas. Y lleva años usándolo. Bienvenidos a la era de la libertad vigilada.

Por Carolina Markowskyj, abogada y experta en sectores de salud y tecnología. Fundadora de Lex Moderna.

Pensá en la última vez que abriste una aplicación y encontraste exactamente lo que necesitabas. Quizás un video que respondía a una duda que llevabas días pensando. Un artículo sobre el destino al que empezabas a pensar en viajar. Una prenda que encajaba, casi misteriosamente, con el armario que tenés en la cabeza.

Sentiste algo parecido a la suerte. O a la sincronía. Quizás incluso pensaste: «qué bien me conoce esta app». Y ahí está el truco. Porque no fue suerte. Fue matemática. Fue tu historia de navegación, tus patrones de sueño implícitos en las horas en que abrís la plataforma, las fracciones de segundo que dedicaste a cada imagen antes de seguir scrolleando. Fue un algoritmo que te conoce mejor de lo que creés. Mejor, en algunos aspectos, de lo que vos te conocés.

La inteligencia artificial no es magia. Es un espejo que alimentamos con todo lo que somos, y que ahora nos devuelve una versión de la realidad diseñada específicamente para mantenernos dentro de él. No para mostrarnos el mundo. Para mostrarnos el mundo que nos mantiene quietos, enganchados, consumiendo.

“El objetivo de un algoritmo no es informarte ni hacerte feliz. Es maximizar el tiempo que pasás dentro de la plataforma. Tu bienestar es irrelevante para esa ecuación.” — Tristan Harris, ex diseñador de Google y fundador de Center for Humane Technology

El embudo invisible: cómo la IA construye tu realidad

Existe un concepto en el mundo tech llamado «arquitectura de la elección»: la idea de que el entorno en el que tomamos decisiones moldea, de forma decisiva, qué decisiones tomamos. No nos quitan la libertad de elegir. Simplemente construyen el espacio donde elegimos de tal manera que ciertas opciones se vuelven casi inevitables.

Cuando abrís TikTok, Instagram o YouTube, no estás entrando en un espacio neutral. Estás entrando en un entorno cuidadosamente diseñado por modelos de inteligencia artificial que han analizado miles de millones de interacciones para saber exactamente qué tipo de contenido te hará quedarte cinco minutos más. Y luego diez. Y luego una hora.

Tu feed no es un reflejo de la realidad. Es una selección de la realidad optimizada para vos. El algoritmo no te muestra lo que existe; te muestra lo que, estadísticamente, te hará reaccionar. Lo que te provocará una emoción suficientemente intensa para que no cierres la aplicación: indignación, deseo, curiosidad, miedo, pertenencia.

Datos que deben hacernos reflexionar:

97% DE LOS INGRESOS DE META PROVIENEN DE PUBLICIDAD SEGMENTADA CON IA. Tu comportamiento online es el producto que se vende a anunciantes que pagan por acceder, con precisión quirúrgica, a tu atención.

2.7h TIEMPO MEDIO DIARIO EN REDES SOCIALES POR PERSONA EN EL MUNDO. El equivalente a casi un mes entero al año. Un mes de nuestras vidas consumiendo contenido que alguien eligió para nosotros.

0.2s TIEMPO QUE TARDA EL ALGORITMO EN CALCULAR EL PRÓXIMO CONTENIDO. Menos de lo que tardas en parpadear. Antes de que termines un video, ya sabe exactamente qué mostrarte después para que no te vayas.

Datos que entrás. Persona que sale.

Cuando hablamos de datos y privacidad, tendemos a imaginar información fría: nombre, dirección, número de tarjeta. Pero la inteligencia artificial moderna trabaja con algo mucho más rico y perturbador: trabaja con patrones de comportamiento que revelan nuestra psicología con una precisión que supera en muchos casos la de nuestros propios psicólogos.

Un estudio publicado por investigadores de Cambridge demostró que con tan solo 70 «me gusta» en Facebook, un modelo de IA podía predecir la personalidad de un usuario mejor que sus amigos. Con 150, mejor que sus familiares. Con 300, mejor que su pareja. No hace falta que contés nada. Tu comportamiento lo cuenta todo.

Y eso se usa. Se usa para mostrarte productos en el momento exacto en que sos más vulnerable a comprarlos. En 2014, Facebook realizó un experimento —sin avisar a sus usuarios— en el que manipuló deliberadamente el feed emocional de casi 700.000 personas para estudiar cómo afectaba a su estado de ánimo. El resultado fue que funcionó.

“No te están vendiendo un producto. Te están vendiendo una versión de vos misma que consume ese producto.”

El ciclo de la ilusión: paso a paso

Paso 01 ▸ Recopilación: cada gesto cuenta. La IA registra cuánto tiempo mirás cada imagen, dónde pausás, qué te hace volver atrás. No solo lo que buscás: lo que evitás. Los silencios digitales son tan informativos como los clics.

Paso 02 ▸ Modelado: predecir antes de que sintás. Con esos datos, el modelo predice tus próximos deseos antes de que vos los articules conscientemente. Mercado Libre puede saber que estás embarazada antes de que se lo hayas dicho a tu familia, por los cambios en tus búsquedas.

Paso 03 ▸ Nudge: el empujón que no sentís. Con esa predicción, la plataforma te ofrece exactamente lo que necesitás para que quieras quedarte, comprar o creer algo. No te obliga. Te sugiere. Y la sugerencia llega tan bien calibrada que se siente como una elección propia.

Paso 04 ▸ Retroalimentación: el rulo se cierra. Tu reacción a esa sugerencia alimenta el modelo de nuevo. Cada decisión que tomás dentro de la plataforma la hace más eficaz en influenciarte. Sin saberlo, la entrenás vos mismo.

La trampa de «acceder a todo»

La promesa de internet fue maravillosa: acceso ilimitado a la información, al conocimiento, a la cultura. La biblioteca más grande de la historia, gratis, en tu bolsillo. Pero la forma en que accedemos a esa biblioteca ha cambiado de manera silenciosa y radical.

Ya no buscamos. Recibimos. El scroll pasivo ha reemplazado en gran medida a la búsqueda activa. En lugar de preguntarnos qué queremos saber hoy, abrimos una aplicación y dejamos que ella decida por nosotras.

La abundancia de contenido, paradójicamente, nos ha hecho más pasivas como consumidoras de información. Y en esa pasividad reside el peligro más sofisticado: la ilusión de agencia.

Creemos que elegimos porque técnicamente podemos hacer click en cualquier cosa. Pero el espacio de posibilidades ya ha sido filtrado, ordenado y optimizado por una inteligencia que no tiene nuestros intereses en mente. Vivimos dentro de burbujas cognitivas a medida, convencidas de que lo que vemos es el mundo, cuando es apenas el reflejo que el algoritmo considera más rentable para nosotras.

La conciencia también es un acto de libertad

Nada de esto significa que debamos desconectarnos ni vivir en una nostalgia analógica imposible. El problema no es la herramienta. Es la falta de conciencia sobre cómo funciona.

Reconocer que un algoritmo está moldeando tus deseos es el primer paso para recuperar la distancia crítica. Diversificar deliberadamente las fuentes de información que consumís. Buscar activamente, no sólo recibir. Salir de vez en cuando del feed y abrir un libro, una conversación lenta, un diario impreso.

La próxima vez que algo te sorprenda por lo bien que encaja en tu vida, detenete un segundo y hacete la pregunta: ¿lo elegí yo? ¿O me eligieron a mí?

La conciencia sobre cómo funcionan estos sistemas es, hoy, una forma de libertad.